La santa tecnocumbiera del marketing
Reedición de un texto publicado originalmente en el suplemento cultural Cartón Piedra (Diario El Telégrafo), recuperado tras la desaparición del diario impreso y traído al presente.

Ecuador es un país tan confundido que deja morir al pasillo y luego organiza festivales para llorarlo. No tenemos identidad; tenemos nostalgia. Por eso Sharon “La Hechicera” fue un accidente necesario: una tecnocumbiera que entendió el mercado mejor que todos los consultores del ex Ministerio de Cultura, hoy dispersos y enquistados en varias EODs, aferrados a no quedarse fuera de la rosca amiguera de la política dogmática.
Su modelo no salió de un PowerPoint, sino de Gilda, la santa argentina del ritmo popular. Sharon hizo un benchmarking intuitivo: tomó el mito de barrio, lo tropicalizó y le agregó silicona emocional. Donde Gilda cantaba la pena, Sharon la vendía. El resultado fue una marca de identidad masiva, un producto que convertía la vulnerabilidad en espectáculo y la culpa en coreografía o lo que yo llamo: un producto cultural de masas con enfoque de género.
Su público era predecible y perfectamente estudiado: jóvenes con hormonas en huelga y adultos que confundían el deseo con devoción. Ambos ansiosos de ruido, buscando permiso para sentir, y mirar más de la cuenta, pero compraban igual. Mujeres que querían verse en ella, aunque siguieran usando ropa interior negra bajo leggins blancos traslúcidos y un top que dejaba ver la celulitis mientras calzaban chancletas haciendo quehaceres domésticos impuestos por el patriarcado heteronormado. Un país que reprime el placer mientras consume morbo como si fuera sacramento. Ella lo sabía, y por eso nunca se limitó a cantar: diagnosticó.
Sharon empezó en la periferia, primero como bailarina y luego como corista de “La Orquesta Falconí Junior” en Chispazos, un programa de concursos para el pueblo transmitido los domingos por Telecentro hoy TC Televisión. De ahí pasó a solista, luego a modelo, actriz, empresaria, madre, diva y mito. Cada paso fue un estudio de mercado: probó formatos, midió reacciones, cambió de escenario y de ropa según la demanda. Su carrera fue la mejor clase práctica que ni la UArtes se atreve a dictar por seguir inculcando dogma con olor a oxido.
Entendió las cuatro P de Kotler sin haber leído a Kotler: el producto era ella, el precio su acceso, la plaza cualquier tarima que aceptara una toma de corriente, y la promoción el escándalo perfectamente dosificado. Donde otros veían desorden, había estrategia.
La tecnocumbia fue su campo de batalla y su plan de marketing. Tomó los ritmos bastardos, mezcla de cumbia, electrónica y pasillo popular, y los transformó en identidad nacional. Mientras los intelectuales discutían sobre “lo kitsch”, ella cobraba entradas. Lo que para la élite andina era vulgar, para el pueblo era catártico. Cada burla mediática era un anuncio gratuito. El desprecio también fideliza audiencia.
Su momento más recordado fue involuntario: una caída monumental en pleno concierto europeo. Se levantó, siguió cantando y el video recorrió pantallas cuando aún no existía TikTok. Fue viral antes del algoritmo; intuitiva antes de la teoría. En esa caída estaba su marca: convertir el error en atención y la atención en valor.
Todo producto tiene un ciclo de vida: introducción, crecimiento, madurez, declive. Sharon rompió la curva. Nunca decayó. Cada vez que el sistema intentó archivarla, regresó con otra versión de sí misma. No hubo decadencia: hubo reinvención. Ni su muerte detuvo el relato; lo multiplicó. Las marcas legendarias no desaparecen, se vuelven símbolo.
Mientras tanto, la academia sigue discutiendo si el arte debe vender o salvar el patrimonio. En Ecuador aún se cree que la pobreza garantiza pureza y que el éxito contamina. Por eso formamos artistas que no saben vender y mercadólogos que no saben crear. Todos se lamentan de no ser comprendidos, pero nadie se atreve a mirar el mercado con honestidad.
La llamada “economía naranja”, ese nombre sofisticado que el BID inventó para describir lo que Sharon ya hacía, hoy ya es historia. Se habla de industrias creativas, de economía de la cultura, de profesionalización. Pero la verdad es simple: sin estrategia no hay trascendencia. Sharon lo entendió sin manual ni ministerio, si alguna vez existió.
Su legado no es solo musical: es un espejo clínico de un país que teme al éxito cuando tiene acento popular. Sharon entendió mejor que nadie el principio básico del marketing: el producto no es lo que haces, sino lo que provocas.
Y lo hizo con brillos, con rímel y con la sonrisa de quien sabe que el pecado, bien gestionado, es rentable.
Autor: Andrés Zerega
El único que se atrevió a estudiar a Sharon sin salir en la prensa rosa
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