Subsidio al diésel:
cirugía tardía en un paciente adicto
El subsidio al diésel fue, por décadas, la vaca gorda que todos ordeñaron fingiendo que no olía mal. Era la droga fiscal perfecta: adormecía a votantes y envalentonaba a políticos.
Todos sabían que era insostenible; todos lo dejaron pudrirse. Hoy, cuando Daniel Noboa decide cerrar la llave, los que vivieron del festín lloran como si la fiesta se hubiera terminado de golpe. La verdad: se acabó hace años, solo que nadie tuvo las agallas de
apagar la luz.
Los campeones del cálculo eterno
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Rafael Correa (2007–2017): petróleo caro y caja llena; prefirió repartir caramelos y comprar aplausos. Populismo con esteroides.
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Lenín Moreno (2017–2021): amagó con ajustar, pero un par de neumáticos ardiendo lo hicieron retroceder.
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Guillermo Lasso (2021–2023): prometió cirugía, apenas puso una curita y corrió ante el primer grito.
Todos sabían que el paciente estaba gangrenado. Todos eligieron la anestesia del aplauso. El poder es una droga: te hace creer que puedes eternizarte, aunque la Constitución solo permite dos periodos. Y así, por amor al selfie en la tarima, dejaron que el tumor creciera.
El bisturí que al fin corta
Noboa no es santo ni héroe; simplemente levantó el bisturí que otros escondieron. Subió el diésel y dejó de jugar a Papá Noel con dinero ajeno. ¿Y los campesinos? No riegan a punta de diésel, pero su economía depende de cada camión que lleva semillas, fertilizantes y cosechas. Por eso el gobierno mantiene subsidios focalizados para transportistas, agricultores y pescadores que prueben que lo necesitan. El resto —dueños de flotas con casas de revista o pirómanos de neumáticos— que paguen el precio real. Así de simple.
Los indignados de siempre
Los mismos que callaron cuando el barril de petróleo pagaba la farra ahora protestan desde sus camionetas 4x4 Ford F-150, con cuentas congeladas y discursos de “derechos del pueblo”. Piden sacrificios... de los demás.

El eco rancio de las aulas y los escenarios culturales
Mientras tanto, buena parte de la academia repite como mantra teorías económicas y consignas setenteras que se sienten cómodas en un aula, pero que hoy suenan a vinilo rayado. Ese discurso romántico de “Estado proveedor eterno” ignora un planeta de datos, blockchain y crisis climática. Seguir educando con recetas de otra época no es pensamiento crítico: es nostalgia disfrazada de ciencia.
El sector cultural, por su parte, tampoco escapa de este espejismo. Muchos programas y subsidios siguen reproduciendo fórmulas de promoción del arte y la cultura del siglo XX, centradas en certámenes, discursos ceremoniales y burocracia creativa, mientras ignoran que la economía cultural actual requiere innovación, sostenibilidad y vínculos reales con públicos y mercados. Es hora de que los gestores culturales dejen de protegerse bajo la bandera de la tradición y empiecen a producir impacto real, medible y adaptado al siglo XXI.
Cierre de vías: ¿protesta o terrorismo?
El cierre de vías, aunque históricamente una herramienta de presión legítima, ha escalado en Ecuador a actos que el gobierno califica como "terroristas disfrazados de protesta". La ministra de Gobierno, Zaida Rovira, ha declarado que los bloqueos ilegales de vías son considerados actos de terrorismo y serán sancionados conforme a la ley.
¡Pero ya corre sangre del pueblo!
Sí, y duele. La violencia y la tragedia nunca son un espectáculo ni un dato más para discutir; son consecuencia directa de decisiones, omisiones y actos irresponsables. La sangre no cae del cielo: cae cuando se bloquean vías, se juegan con leyes, se manipula la protesta y se confunde presión social con derecho absoluto a destruir.
Si realmente luchan por el diésel, por el agua o por justicia social, es momento de definirlo con claridad y hacerlo sin poner en riesgo la vida de otros. Porque la causa noble pierde fuerza cuando la convierte la improvisación en un acto de terror que hiere al país entero.
El dolor del pueblo no se usa como argumento de protesta: se respeta, se protege y se canaliza a través de acciones responsables. Todo lo demás solo multiplica la tragedia y diluye el mensaje.
Constituyente: última llamada
Se viene una Asamblea Constituyente. Que el dios que prefieran —cualquiera sirve— les recuerde a los partidos que la única eternidad garantizada es la muerte, biológica y filosófica. Ojalá escojan gente que piense en el siglo XXI y no en panfletos de 1800, ni en cátedras que aún se dictan con el cassette puesto. Gobernar es dejar un país decente para nuestros nietos, incluso si nosotros no estaremos para habitarlo.
Autor: Andrés Zerega
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